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sábado, 23 de julio de 2016

¡Que desilusión!

            

            Que desilusión.

            Empezaba de nuevo la jornada en la estación lunar Selene, una extraordinaria base situada en suelo de nuestro satélite desde hacia tres años. Su equipamiento, de las mas alta tecnología conocida hasta el momento, estaba funcionando a la perfección, controlada por cuatro astrofísicos del mas alto nivel, entre los que se encontraba Martín Castro, conocido entre sus compañeros como MC, entre ellos siempre se nombraban por sus iniciales.
MC quería ese día dar su último paseo lunar, dos días después regresaría a La Tierra, su misión había cumplido ya los tres meses de permanencia y por seguridad no debía estar ya mas tiempo en ninguna base espacial. Era una normativa establecida desde el principio de los experimentos espaciales a fin de evitar daños de salud en las personas.
Se había preparado para ello y, con la ayuda de sus compañeros, se colocó el traje preparado para tal fin. Con una gran emoción y, animado por el resto del equipo, salió de la base en dirección a unos pequeños montículos cercanos. Esa distancia era, quizás, la mas larga que haría en su vida en suelo lunar.
Muy lentamente, y con todo tipo de precauciones MC se dirigió hacia dicha zona, inexplorada por él hasta el momento.
Desde allí la vista de La Tierra era espectacular, un verdadero lujo al alcance de muy pocos. Podía verse, además, un tornado de debería ser de grandes proporciones sobre el océano Pacífico, lo que hacía, todavía mas si cabe, un verdadero placer de admirar nuestro planeta desde allí.
Muy lentamente, al llegar a la base del primer montículo, inició la subida. Al no haber gravedad, no necesitaba ningún esfuerzo físico, pero el problema estaba precisamente en eso, cualquier salto o un fuerte impuso podría despegarlo del suelo con unas consecuencias catastróficas.
Al llegar al borde de la cima, su atención quedo fijada en un objeto al otro lado del promontorio. Había en el suelo un objeto que lo dejó perplejo: un sombrero de copa negro, como los utilizados en las grandes ceremonias de antaño. No podía entender aquello, un sombrero en suelo lunar. Miró hacia La Tierra y viendo el tornado, le pasó, fugazmente, por la imaginación que un fuerte viento lo hubiera llevado allí, pero no era posible. Quizá una broma de sus compañeros, quizá una alucinación, no sabía que pensar. Sus compañeros en la base al oír sus comunicaciones no podían dar crédito al hecho.
Martín estaba confuso, de pié en el borde del montículo pensaba que la estancia en la base, al final, le había jugado una mala pasada mental.
Sintiéndose inmóvil y muy asustado, notó unos pequeños golpes en el hombro a la vez que oía una  voz.
            —Martín, Martín, despierta ya, vas a llegar tarde a la universidad, hoy tienes ese examen tan importante de astronomía —le decía Aurora, su madre.
Que desilusión, todo había sido un fantástico sueño.


viernes, 22 de julio de 2016

El ojo del armario

EL OJO DEL ARMARIO


Hay un recuerdo de mi infancia que, todavía hoy, en alguna ocasión me viene a la memoria.       
En ese momento tenía aproximadamente la edad de ocho años. En casa vivíamos ocho personas; mis padres, mis tres hermanas, mi hermano, mi abuela y yo.
El piso era más bien pequeño, situado en un barrio modesto de Madrid, constaba de tres habitaciones, un salón pequeño, la cocina y el baño, un solo baño que era el principal causante de todos los atascos que había en casa.    
Un verdadero caos en muchos momentos, especialmente a primera hora, cuando todos nos disponíamos al aseo personal para partir cada uno a sus obligaciones; nosotros al colegio, mi padre a su trabajo, era cuando la abuela decidía entrar la primera y encerrarse para permanecer mirándose al espejo hasta que mi padre soltaba un par de improperios. Casi todos los días era la misma historia, la abuela, que no tenía nada que hacer en todo el día, era el origen de los atascos matinales.
            Por razones de espacio, yo dormía en la misma habitación que mi abuela. La llamaba el cuarto de los horrores.
            Justo enfrente de la puerta había un armario ropero, de madera, antiguo, como mi abuela, de estructura redondeada, con dos cajones en la zona baja y en la puerta, ocupando toda ella, un gran espejo enmarcado dejando unos pocos centímetros a los bordes de la puerta.
            Todos los días, cuando entraba en la habitación, una imagen me aterrorizaba. El espejo tenía un ojo, si un ojo, situado a una altura por encima de la mitad y un poco al lado derecho de la puerta.
             Ese ojo me observaba, me miraba cada vez que entraba en la habitación, cada vez que me acercaba a la puerta, cada vez que pasaba por delante de ella, incluso desde la puerta de entrada a casa, notaba que me miraba. Era una auténtica pesadilla, muchas noches me levantaba sobresaltado, angustiado, sudoroso y atemorizado.
             No quería comentar nada con mis padres, que algunas veces también se levantaban sobresaltados debido a mis pesadillas.
             Procuraba entrar a la habitación sin mirar al armario, y siempre procuraba dormir mirando a la pared, manía que todavía conservo. Todo lo hacía para no ver el ojo o, mejor dicho, para que él no me viera.
             Aún hoy, alguna noche vuelvo a soñar con el espejo, con el ojo que me mira.
             Cuando falleció mi abuela, mis padres cambiaron los muebles de la habitación para adecuarlos a mis hermanas que pasarían a ocuparla.
            Quizás fue una de las alegrías más grandes de mi vida, por fin se desprendieron del maldito armario, al causante de mis pesadillas, el portador del espejo con ojo. Pasó mucho tiempo hasta que pude olvidar, y no del todo, la imagen de aquel armario. Llegue a imaginar que había un espíritu maléfico dentro de él, que se llevaría mi alma una noche que estuviera dormido, que no estuviera atento en mi duermevela.
           Al cabo de unos años, cuando mi mente ya se consideraba mas adulta, cuando las fantasías van dejando paso a la vida real, descubrí que el dichoso ojo no era nada mas que una picadura que tenia el espejo por detrás, que el baño plateado que tienen los espejos en la parte trasera estaba siendo victima de la vejez e iba perdiendo consistencia.
           Se había formado como una pequeña tara, una picadura de forma redonda que simulaba perfectamente un ojo, con su iris, su pupila y su color negruzco que, con el tiempo, va aumentando de tamaño, y yo creía que estaba creciendo para adaptarse a mí, que lógicamente estaba en edad de desarrollo.
           Aquel fue el causante del peor miedo que yo he tenido de pequeño, de mi terror y de mis pesadillas; una picadura en el espejo.
           Cuando recuerdo los angustiosos momentos que este hecho me originó, no puedo evitar dibujar en mis labios una enorme sonrisa.
           Con el tiempo he comprendido la importancia de las fobias infantiles, que si no se corrigen pueden quedar grabadas para toda la vida y sinceramente creo que, si no hubiera sido tan introvertido, si hubiera comunicado mis temores a mi familia, no hubiera pasado tanto miedo.


¡Quiso ser libre!

Quiso ser libre


            El anciano encontró la llave en el lugar previsto, en el fondo de un macetero, al lado de la puerta de su casa. Elías había depositado allí una copia de la llave de su hogar, a sabiendas de que, algún día, volvería a por ella. Los rosales del macetero habían muerto todos pero su tesoro estaba a buen recaudo, escondido al fondo de la tierra que estos tenían de base.
            Once meses atrás había fallecido su esposa, en extrañas circunstancias, debido según los médicos, a una inexplicable insuficiencia respiratoria. Ninguno de lo doctores que la atendió fue capaz de comprender el motivo de dicha enfermedad, tan rápida como letal.
            Tres ese trágico percance, su único hijo intentó en varias ocasiones llevarle a su casa para evitar que viviera solo, estando así perfectamente atendido por él y su esposa, ya que afortunadamente vivían sin problemas económicos, en una gran casa a las afueras de la ciudad
            Elías era ya un anciano de ochenta y tres años, gozaba de una buena salud, aunque en algún momento ya había dado algún susto a su familia. Era de carácter introvertido, poco amable y totalmente autodidacta. No admitía, o al menos le costaba un gran esfuerzo, ningún consejo y, por supuesto, quería vivir siempre haciendo lo que dispusiera su terca voluntad.
            Elías había puesto mucha resistencia aunque, por fin, su hijo consiguió llevarle con él y su familia a su casa, a escasos cien kilómetros de la aldea donde el viejo vivía.
            El anciano no se adaptaba a la ciudad, estaba horrorizado por el tráfico, no entendía las técnicas modernas como los ordenadores, los contactos por WhatsApp, el operar en los cajeros de los bancos, porque en la ventanilla no le atendían para sus escasos movimientos, etc. Mucho menos se adaptaba a las comidas prefabricadas, a las que su familia era bastante aficionada. Nunca quería comer algo que, según él,  estaba cocinado sin saber ni cómo ni donde.
            A los pocos meses de vivir allí con su familia, ocurrió una tragedia que despertó todos los titulares de la prensa local. Su hijo y su esposa habían amanecido sin vida en la cama sin explicación ninguna. Los médicos forenses, después de unas largas autopsias, diagnosticaron una muerte por fallo respiratorio, totalmente inexplicable en dos personas de mediana edad, deportistas, y que hasta el momento gozaban de una salud envidiable. 
            Elías apenas sabía leer ni escribir, sin embargo, era un gran experto  en toda clase de plantas, tanto medicinales, como para otros usos. Toda su vida se había dedicado al pastoreo, y heredado de su padre, pastor también, todos los secretos de la flora y fauna del campo que además, fue incrementando con sus propios conocimientos a través del paso del tiempo.
            Su esposa le había tratado los últimos años con mucho celo, no permitiéndole fumar ni beber nada de alcohol. Le controlaba todos sus movimientos así como el dinero que disponía ocasionalmente. Según Elías, le hacía la vida imposible.
            Cuando esta falleció, la gente quedó extrañada del poco impacto que éste sufrió, olvidando en muy poco tiempo el dolor producido por su pérdida, volviendo casi de inmediato a su vida libre y sin control.
            Su hijo y su nuera, también en un exceso de cuidados, le habían hecho las mismas prohibiciones que su difunta esposa, resaltando siempre que era debido a la preocupación por su salud. Elías volvía a tener su mal carácter, vivía en un constante desasosiego y se volvió huraño y desconfiado.
            Al fallecer su hijo y su nuera, y después de los sepelios, preparó una maleta con los escasos efectos personales de que disponía y emprendió el regreso a su aldea, otra vez libre.
            Volvería a fumar, a beber, a hacer lo que le viniera en gana, como había hecho toda su vida.
            Al día siguiente, ya en su casa, disfrutando de un hermoso cigarro habano, llamaron a la puerta, de una forma un poco brusca. Fue rápidamente a abrir, con la convicción de que algún vecino al haberle visto volver se interesaría por él.
            Cuando abrió, frente a su puerta había dos hombres, igualmente vestidos Lo que el viejo no pudo ver en ese instante era el letrero que estos llevaban en la espalda: Guardia Civil, Criminalistica…

            

miércoles, 10 de septiembre de 2014

La ultima noche-Homenaje a mi hermana

                   LA ULTIMA NOCHE

         Escribir sobre la última noche es, de hecho, aceptar que después ya no hay nada más, ni noches, ni tan siquiera días, porque, después lo que viene es la noche eterna.
         No hace mucho tiempo, conviví la última noche con una persona muy querida, tanto por mí como por mucha gente, mi hermana Mercedes.
         Una persona que estuvo mucho tiempo agradeciendo cada amanecer, ya que, aunque no nos damos cuenta, cada día que amanece es un día mas en nuestra vida, un día que, hora tras hora, nos hace sentirnos vivos aunque en algunos momentos creamos que somos unos desdichados, que nuestra vida es un camino de problemas, siempre debemos pensar que todo,  en nuestra vida, es  importante relativamente, dependiendo del valor que nosotros le demos, de la motivación que tengamos, y que de ello dependerá la alegría o la tristeza que nosotros mismos somos capaces de soportar. Lo único que no es relativo es la última noche. Esa es real, después de ella ya no hay nada.
         En esa noche concreta a la que me refiero, pasaron por mi mente todos los buenos momentos que había pasado con esta persona, todos los buenos recuerdos que merecía revivir y, aunque no lo creamos, la mayoría de los malos momentos se olvidan porque los queremos olvidar y los olvidamos, si no del todo, lo suficiente para que dejen poco a poco sitio a los que nos hicieron realmente felices.
         Habíamos estado alguna que otra noche juntos,  y por supuesto, muchos días, normalmente desde primera hora de la mañana hasta el mediodía, momento en el que solía llegar mi hermana para hacerme el relevo y procurar no dejarla sola, no iba a ir a ningún sitio, era para hacerla compañía e intentar ayudarla en alguna de sus necesidades.
         Durante esos momentos, ya que fueron muchos los que pasamos juntos en aquel mastodóntico hospital, tuvimos muchas conversaciones, muchas diferencias de opiniones y, aunque parezca mentira, nos acercamos mucho más familiarmente. Charlábamos de muchas cosas nuestras, de nuestros hijos, de nuestros familiares y personalmente ahí tuve conocimiento de muchas cosas que, aunque eran parte de la historia de mi familia en general, las desconocía.
         Esos días, tuve ocasión de confirmar muchas facetas de mi hermana que ya, desde tiempo atrás, intuía. Facetas como la serenidad, la autoridad y la estabilidad y equilibrio que un día tras otro iba transmitiendo a sus hijos,  de manera increíble, y sin saberlo los demás, iba guiando a los suyos hacia un camino que ya estaría preparado para que no tuvieran demasiados tropiezos, y para que el día de mañana no se encontraran tan solos y perdidos.
         En esos días hablábamos de cualquier cosa, del tema más superficial o del más profundo, compartíamos lecturas y sobre todo pasatiempos. Había hasta momentos que lo pasábamos bien, increíblemente, y a veces, pese a la circunstancia que nos rodeaba, nos reíamos y disfrutábamos de alguna historia.
         Fue aquel fin de semana, el último, teníamos hecho ya el estudio de turnos de mis hermanos y yo para estar siempre alguien con ella cuando, mi hermana mayor, llamó a mi casa muy asustada. Había intentado hablar con ella en varias ocasiones, como todos los días y no fue posible. Pero lo que mas la atemorizó fue que no recibiera la llamada de vuelta, siendo varias veces las que había intentado la comunicación habiendo sido todas fallidas. Ese día era mi turno para hacerla compañía y mi hermana mayor decidió acompañarme ya que algo nos decía que la cosa no iba bien.
         La escena fue aterradora cuando llegamos. A partir de ese momento se puso todo al revés, todo giró vertiginosamente, todo se deshizo, cambió de rumbo y empezó a reinar la impotencia, la congoja, el desasosiego. Se abrieron de par en par los canales lagrimales y ya no se cerraron hasta hace poco tiempo.
         Pasaron pocos días, a cual peor, con esa impotencia tanto moral como medica que iba creciendo a pasos agigantados, ganando terreno en una carrera sin freno y desgraciadamente, sin retorno.
         Aquella última noche estuvimos tus dos hermanos mayores contigo Mercedes, a tu lado, sin dormir, sin descansar, sin dejarte ni un solo momento a solas. Intentamos dar el calor de la compañía, del amor sin parangón que te teníamos todos y del que eras gran merecedora. En una sola noche pasó por mi pensamiento prácticamente toda tu vida, tu lucha, tu temple para afrontar las dificultades, que fueron muchas y muy grandes en tu corta vida.
         Desde un noviazgo criticado con la persona que sería tu esposo y padre de tus hijos, al que profesabas un amor, a veces oculto, pero desmedido para que, más tarde, en un brutal accidente de tráfico,  que no tuviera que haber ocurrido,  si no fuera por el giro tan inesperado y desagradable que dio vuestra vida, tiempo atrás, te quedaste viuda, en una casa a medio terminar, con tres hijos muy pequeños, en un país extranjero, lejos de tu familia directa y en una situación complicada.
         Afortunadamente, allí a tu lado estaban unas de las personas más buenas del mundo, que afortunadamente, se desvivieron por ayudarte hasta lo imposible. Personas merecedoras de recibir lo mejor, como tu, el mejor premio que se pueda dar al comportamiento humano. Una de ellas, también nos dejó de este mundo después de una larga enfermedad que solo combatía con su tesón y firmeza. Seguro que está en el Cielo contigo y con su hermano Dilvo, el que fue tu esposo en este mundo.
         Nunca olvidaré la imagen de tus hijos, cuando su padre los dejó para ir al Cielo, eran entonces muy pequeños y todavía tardaron mucho tiempo en asimilar y ser conscientes de la situación que tenían que afrontar. Afortunadamente, estaban muy bien arropados, por ti, por una madre con un coraje realmente envidiable.
         Una vez más, y en lo  más precario de tu situación, demostraste que la gallina sigue arropando siempre a sus polluelos.
         Cuando tú te fuiste, Mercedes, tus hijos ya eran mayores, pero igualmente, no fueron conscientes de lo que iba a suceder.
         Todavía no he sido capaz de digerir esto, la experiencia mas fuerte y desagradable que tuve ese año, que para mi fue muy malo en muchos sentidos y aspectos, rematándolo con este desdichado acontecimiento.
         No creo que merecieras esto, ya habías tenido bastante en tu vida, bastantes tropiezos y acontecimiento para olvidar. Tus hijos, por supuesto, tampoco han merecido todos los avatares que han tenido que soportar por tanta desdicha. Son tres personas ejemplares y dignas de lo mejor por su comportamiento y cariño que han demostrado hasta hoy.
         Quizás, el Todopoderoso no ha estado muy acertado en esta ocasión. No entiendo porque a personas tan maravillosas como vosotros os tuvo que llamar cuando estabais en lo mejor de la lucha por la vida, dejando a tres niños sin padres en una adolescencia en la que necesitaban de muchos consejos y de muchas complicidades de los padres.
         Afortunadamente, y gracias a tu buen hacer en esta vida, hay personas que están velando continuamente por la educación y el equilibrio de tus hijos, personas que fueron grandes amigas tuyas de tu entera confianza y que están dando también todo el cariño que les es posible, ayudándolos en el difícil camino que tienen que recorrer.
         Todavía tengo un nudo en la garganta y te puedo asegurar que, según estoy avanzando estas líneas, se esta haciendo cada vez más tenso, pero esto te lo debía Mercedes, te debía este sencillo y sincero homenaje que dentro de mi humildad tenía que darte.
         Mi despedida ahora es la de siempre, aunque, ya hace un año que te fuiste.

Un beso “obrera”




domingo, 4 de mayo de 2014

Aquellos años de Circo

               AQUELLOS AÑOS DE CIRCO

No pudo esperar mas, a pesar de sus sesenta y dos años, Jonathan decidió que tenía que volver a pisar un circo. Esta vez estaba claro que como espectador. Había llegado el circo a su localidad, lo habían instalado en el recinto ferial, un recinto polivalente, usado para fiestas, eventos, conciertos musicales y, todos los miércoles como mercadillo local. Desde su casa estuvo viendo, embelesado, como lo montaban. La llegada de los camiones, el ensamblaje de la pista y gradas, después la carpa, la distribución de las entradas y salidas... La gran caravana de camiones y rulotes que componían la comitiva que eran las residencias de los que trabajaban en él. Lo que se ha llamado siempre El Mayor Espectáculo del Mundo.
         Sentía su atracción, su llamada. Aquellos colores formando la carpa a rayas rojas y blancas. Aquel sonido de orquesta y el redoble de tambores cuando se lanzaban los trapecistas al vacío para que, en el último momento, unas manos amigas de otro compañero trapecista, situado boca abajo, lo sujetara para evitar su caída al vacío ante el pavor de todos los espectadores. Le atraían los funámbulos o equilibristas que cruzaban la pista central andando sobre un cable de acero en lo más alto del escenario.
         Jonathan recordaba también lo que el público no veía, todos los ensayos, la vida nómada, de ciudad en ciudad para que, cuando ya estaban perfectamente asentados y conocían un poco la localidad, tener que desmontarlo todo otra vez para trasladarse, a veces al pueblo de al lado y otras veces a otra ciudad quizás al otro extremo del país.
         Aquella vida le atrajo mucho, gracias a estos devaneos nómadas había conocido, en su juventud, la mayor parte del país y también a su actual esposa Ingrid, de origen eslavo de la que no pudo aguantar el flechazo que le produjo en el primer instante de conocerla.
         Jonathan había empezado en el circo con doce años. Su padre, Edgard trabajaba en el  espectáculo como lanzador de cuchillos. Era fantástico, jamás fallaba ningún lanzamiento. Para ello entrenaba cuatro horas, como mínimo, todos los días. Su ayudante, que hacía de blanco a evitar para sus lanzamientos fue su madre, Elizabeth, una preciosa mujer con un cuerpo escultural que ya, solo por su belleza, dejaba boquiabiertos a los espectadores.
         Un día Elizabeth, poco antes de comenzar la actuación se encontraba muy indispuesta, con fiebre e incapaz casi de mantenerse en pie, con lo que Edgard no sabía que hacer para no tener que suspender la función. Fue entonces cuando Jonathan se ofreció como voluntario a su padre para los lanzamientos.       
         Cada día, cuando terminaba las clases ayudaba a sus padres en los preparativos. Era todo un ritual ya que disponían de un profesor en el circo para enseñar a los niños que componían una parte importante del personal.
         Aquello fue un gran espectáculo. Por primera vez un niño de doce años se ponía delante de su padre para que este lanzara, con gran tino, un par de docenas o más de cuchillos.
         Nunca jamás pudo olvidar ese primer momento, esa adrenalina que subía y bajaba a cada lanzamiento. En cada movimiento de su padre se tensaba como una cuerda de guitarra, perfectamente preparado y atento por si tenía que esquivar algún lanzamiento, cosa que no hizo nunca falta. A los dos días, ya su madre restablecida, Jonathan no consintió en volver a cederle el puesto. Esto tuvo mucho éxito y su madre se encargó, a partir de entonces, de la presentación del espectáculo.
         Fueron unos años gloriosos. El Gran Circo Británico que así se llamaba cosechó muchos éxitos. Ya el número de los cuchillos fue superándose en dificultad, siendo siempre los últimos lanzamientos con cuchillos envueltos en fuego, momento en que apagaban las luces del circo, lo que hacía que los espectadores permanecieran en un silencio sepulcral.
         Con la llegada del año 1976 un aparatoso incendio devastó varios de los camiones donde estaban encerrados los animales que componían el espectáculo del domador de fieras. La paja que servía de aposento en el suelo de estos ardió como la pólvora y originó la muerte por asfixia de muchas fieras, quedando las demás dañadas.  Esto contribuyó a la decadencia del circo. Hubo muchos malos rumores y el público dejo de asistir a las exhibiciones.
         Dos años mas tarde y, ante la imposibilidad de poder mantener económicamente el circo, sus dueños, dos hermanos ingleses que habían puesto toda su ilusión y medios financieros en la empresa, se vieron abocados a cerrar el circo y despedir a todos los empleados.
         Fue una catástrofe, la mayoría del personal era como una gran familia en la que convivían todos sin prejuicio de color, nacionalidad, o ideas propias.
         Jonathan había colaborado en el lanzamiento de 110 000 cuchillos en los doce años que estuvo trabajando allí.
         Ya nunca volvió a ir a un circo. La gente que había conocido allí pronto se desperdigó perdiéndose el contacto de unos con otros. Aquello le afectó moralmente creando una gran depresión en su familia.
         Su vida buscó nuevos caminos.



        



sábado, 19 de abril de 2014

Aislamiento


Paralelismos lejanos

PARALELISMOS LEJANOS

         Recuerdo aquella vez, aquel sitio, aquel momento, tan especial, tan hermoso, bañado por aquella luz tan tenue, tan melancólica, aquellos rayos de sol, agonizantes, entrando por las rendijas de aquella persiana, dando a aquel rincón una tonalidad fantasmagórica, a aquel rincón que quería ser el favorito de la estancia y a aquella puerta por la que yo entré, por la que al cruzarla vi a la diosa de los cabellos de oro, a aquella mujer tan hermosa, aquel cuerpo tan armoniosamente perfecto, a aquella sonrisa pícara que hubiera sido capaz de derretir al mismísimo diablo.
         Su vestido rojo, entallado, escotado, dejándome imaginar los encantos más perfectos que yo fuera capaz de adivinar.
         Esperándome, deseosa, ardiente, con una copa de vino en la mano.
         Habíamos estado lejos, muy lejos, no en la distancia, sino en el alma, en el amor, en la comprensión. Aquel reencuentro, aquella tarde tan perfecta, tan sutil, tan larga pero a la vez tan corta. Preámbulo de aquella noche de pasión, de frenesí, de lujuria, de tanta intimidad, otra vez, entre los dos.
         Era aquella la noche de mis sueños, de mis fantasías, la de mi universo de estrellas.
         Volvía a estar con la mujer que mas feliz me había hecho en mi vida.
         La pasión fue estremecedora, agotadora y a la vez inacabable, acompañada del efecto y del encanto de aquella copa y de aquellas fresas con chocolate que había reparado de antemano.
         Cuerpo contra cuerpo, empezando a asomar las primeras gotas en la piel, quizás debido al calor, quizás debido a nuestro acaloramiento.
         Fundidos como uno solo, disfrutando, amando, susurrando placer. En perfecta sucesión de movimientos.
         Deseaba que durara toda la eternidad, o al menos, un millón de años, pero no, aquello sabíamos que acabaría pronto y los supimos enseguida.
         Exhaustos, agotados, bañados por el amor líquido desprendido de nuestros cuerpos, fundidos en un abrazo interminable llegamos al fin, a la realidad.
         En poco tiempo teníamos que volver al presente, al sinsabor, al desengaño, a la rutina.
         Recuerdo aquella vez, tan lejana pero tan presente.






Ismael Tomas
18 Noviembre 2013